Entre 1910 y 1916, mientras Buenos Aires celebraba el centenario de la independencia y se consolidaba como vitrina del sueño europeo, un hombre negro se convirtió en una de las figuras más comentadas de la ciudad. Su nombre era Raúl Grigera, aunque todos lo conocían como El Negro Raúl.
Vestido con sombrero de copa, guantes, bastón y flor en el ojal, Raúl se movía con elegancia por los cafés, teatros y calles del centro. Era un personaje excéntrico y magnético, un dandy afroargentino que compartía noches de bohemia con los jóvenes de la elite porteña —los llamados niños bien— y por el día pedía monedas con su impecable sonrisa.
Su figura aparecía en letras de tango, revistas ilustradas, caricaturas, obras de teatro, poemas, novelas y hasta en uno de los primeros films argentinos.
Estuvo retratado en la primera historieta argentina: Las aventuras del Negro Raúl, una serie publicada en revistas como El Hogar alrededor de 1916 y considerada una piedra fundacional de la historieta local.
Como escribe la historiadora Paulina L. Alberto, “El Negro Raúl se convirtió en una leyenda urbana viviente, un espejo en el que la ciudad proyectaba sus deseos, sus prejuicios y sus miedos raciales”.
Un espejo de la Buenos Aires blanca
La fama de Raúl incomodaba. En una sociedad que se pensaba blanca, moderna y europea, su presencia era un recordatorio visible de una historia que muchos preferían borrar: la de los afroporteños. Las historias que circularon sobre él —en diarios, sainetes, caricaturas y relatos orales— fueron moldeando un mismo guion: el del negro exótico, gracioso y trágico a la vez.
En esas narraciones, Raúl era el bufón de los ricos, víctima de burlas crueles y símbolo de una raza “que desaparecía”. Pero detrás de esa construcción literaria había un hombre real: hijo de Estanislao Grigera, músico afroporteño respetado y organista de la iglesia de La Inmaculada Concepción en Monserrat. Su familia representaba a una clase trabajadora negra con educación, oficios y una vida comunitaria activa.
La historiadora muestra cómo esas historias populares, repetidas durante décadas, sirvieron para reforzar el mito de la desaparición negra en Argentina, un proceso cultural y político que relegó la negritud al pasado colonial. “El Negro Raúl —escribe Alberto— se convirtió en un personaje imposible: demasiado visible para una nación que había decidido declararse blanca”.
De la fama al olvido
Con el paso de los años, Raúl fue cayendo en la pobreza. Abandonado por sus antiguos “amigos”, terminó en la calle, sobreviviendo como mendigo y narrador de sí mismo. En 1942 fue internado en un hospital psiquiátrico en Luján, donde murió en 1955.
Su historia fue reescrita una y otra vez: como sátira social, como leyenda urbana, o como metáfora de la “raza extinguida”. Pero también, como señala Alberto, es una historia de agencia y de resistencia. El Negro Raúl eligió vestir con elegancia, mostrarse, ser visible. En una ciudad que le negaba humanidad, hizo de su cuerpo y su presencia un acto de afirmación.
Presencia que persiste
El mito de El Negro Raúl sobrevivió en tangos, obras teatrales, cómics y hasta en la memoria oral de las familias afroporteñas. Su figura anticipa los debates contemporáneos sobre representación y racismo: cómo las narrativas crean identidades, y cómo el humor, la caricatura y el silencio pueden ser formas de exclusión.
Hoy, a más de un siglo, su historia interpela la memoria porteña. Recordarlo no es solo rescatar a un personaje pintoresco: es reconocer la negritud que la ciudad intentó borrar y que aún late en sus calles, músicas y relatos.
Fuentes:
Fuente principal:
Paulina L. Alberto, “El Negro Raúl: Lives and Afterlives of an Afro-Argentine Celebrity, 1886 to the Present.”
Hispanic American Historical Review, Vol. 96, N.º 4 (Duke University Press, 2016).
Paulina Alberto: Leyenda Negra, las múltiples vidas de Raúl Grigera o el poder de los relatos raciales en Argentina.






